18 de marzo de 2011

Kilma

Como todos pensamos, lo de que el mundo termine en el 2012 pasa a no ser algo tan difícil de creer. Como dijo anoche Bfn, por primera vez todos esperamos con ansias las noticias, todos. Aunque sinceramente no creo ni la mitad de lo que dice la TV, es una norma que tengo y que este año estoy refutando. Posiblemente hable de ello en algún momento.
Ahora mismo lo que me interesa es dejaros un pequeño relato. Cuando yo tenía 11 o 12 años tuvimos que redactar 3 relatos cortos para clase, uno fantástico, uno de aventuras y otro de terror. 
Este fue mi relato fantástico:


    Kilma observaba  pensativo el rastro plateado que  dejaba  el agua al bajar por la ladera oeste del  monte  Onis. El  sol, que  empezaba  a difuminarse  en la línea del  horizonte, le  daba un  resplandor casi irreal. En este lugar, que sólo él conocía, una confortable calma se apoderaba de él, siempre que podía venía a este paraje para recordar su pasado más reciente, que a él le parecía tan lejano, tan remoto. El monte, el valle, el lago, la cascada... Era un oasis que había escapado inexplicablemente al desastre nuclear. Aquel paisaje le recordaba tanto a donde él había vivido de pequeño... Pero le costaba mucho recordar aquellos años, las imágenes acudían desordenadas a su mente, apenas se acordaba siquiera de su madre o de sus hermanos, tan sólo del vago recuerdo de un lugar como aquel... Entonces una lágrima surcó su cara, recordándole que tenía que llorar en secreto, ya que nadie de los suyos sabía llorar, decían que era síntoma de debilidad y cobardía. Sabía que las normas eran muy estrictas respecto a eso y, desde luego sabía lo que le pasaría si le cogían, pero las lágrimas eran lo único que había heredado de la antigua civilización, y aunque estuviese marcada por el dolor y las guerras, él no estaba dispuesto a perder ese legado que le marcaba como hombre.

    El sol ya había desaparecido tras las colinas. Una brisa fresca despertó a Kilma de su ensueño. Volvió a la realidad y se frotó la cara con las manos. Detrás del monte quizás le estarían buscando, el toque de queda estaba cerca. Lentamente caminó de vuelta al poblado, pensativo. Tenía treinta años, así que le quedaban pocos de vida, cinco, quizás diez, pero eso no tenía importancia, su funeral sería una fiesta alegre en la comunidad. Él sería el primero en morir, pero el poblado estaba lleno de niños. Poco a poco poblarían de nuevo la Tierra, se crearían nuevas aldeas y la humanidad se multiplicaría.

    Ya era de noche cuando Kilma entró en el poblado. Lika le hacía señas desde la cabaña, sonriente. Hacía tres años que vivía con ella y, al acercarse, observaba las mutaciones que la gran catástrofe , la gran guerra había causado en los hijos de los pocos supervivientes: sus manos, con tres largos dedos, su piel aceitunada, las pupilas moradas de sus pequeños  ojos... 

    No podían tener hijos. Él era un niño pequeño cuando todo pasó y la radioactividad había destrozado su organismo. La contaminación lo cubría todo, ningún ser vivo podía escapar a su sepulcral manto, todo estaba yermo.

  - No puedes desaparecer así, sin decir nada. Los Sumos Hacedores te descubrirán un día y tendrás problemas.

    Había verdadera preocupación en las palabras de Lika. Los Sumos Hacedores eran una veintena de supervivientes que se habían proclamado el órgano legislativo, judicial y ejecutivo, con normas bastante extrañas que se establecían por la fuerza. Decían que era la única forma de repoblar de nuevo la Tierra si que imperara el caos de nuevo, pero en realidad era una oligarquía, una dictadura como otra cualquiera.

    Kilma podría haber estado entre ellos, pues le ofrecieron acompañarles en su camino al poder, pero él no quería formar parte de esa farsa y, además, cuestionaba su forma de gobernar continuamente. Él tenía otras metas, soñaba con un nuevo mundo, un mundo mejor, sin autocracias ni oligarquías como aquella, y sobretodo sin guerras. Antes de irse para siempre, quería dejar a estos nuevos terrícolas surgidos de la catástrofe , la historia del antiguo mundo, para que ellos, que no habían conocido otra cosa que la más absoluta desolación, no cometieran los mismos errores.

    Para que el sueño de Kilma de una vida mejor se cumpliera debía parar el avance del poder de los Sumos Hacedores. Para ello formó junto a Lika, su compañera inseparable y leal, un grupo clandestino de personas, si personas podían ser llamados, pues las mutaciones de algunos eran tan terroríficas, que apenas asomaba en ellos un atisbo de humanidad, pero, pese a ello, eran humanos, y en lo hondo de su corazón, les dolía y les atormentaba.

    Luchaban  por conseguir un mundo mejor y por afirmar su derecho a la libertad. Sus intenciones eran nobles, pero carecían de medios, lo único que podían hacer era manifestarse, y Kilma sabía, todos sabían, que con intenciones no se ganan batallas. Debían prepararse, pero no para combatir, ya habían tenido suficientes contiendas, sino para dialogar, debían hablar con los Sumos Hacedores. Kilma todavía tenía la esperanza de que les escucharían, entrarían en razón y todo se resolvería.

    Pero no era tan fácil como su imaginación quería hacerle creer, los Hacedores se negaban a hablar con ellos, a pesar de las continuas manifestaciones. Las cárceles se llenaban cada vez más de jóvenes manifestantes. Kilma, sin embargo, tenía esperanza, citó a todos al día siguiente, nada más salir el sol, a las puertas del Consejo.

    El día se desperezaba, áspero y gris y el cielo era un presagio de malos acontecimientos. Vestidos con sus trajes de amianto (¿?), Kilma y Lika salieron en busca de los demás. Sabía que los Hacedores se habían cansado, que era posible que enviaran a sus tropas con órdenes claras y contundentes. A Kilma no le importaba, vivían en el futuro, un futuro desolador gracias a la locura de los humanos. Eran pocos y otra vez la misma historia, unos pocos sometiendo al pueblo. Se sentían obligados a evitarlo a cualquier precio.

Una inmensa muchedumbre les esperaba frente al Congreso. Varios soldados rodeaban la plaza, quizás demasiados. La voz de Kilma se alzó sobre las demás:

     - Queremos hablar con ellos, no es necesaria la violencia.
     - Tenemos orden de no dejar pasar a nadie.
     -Sólo queremos ver si podemos llegar a un acuerdo, eso es todo.

En los soldados había una mueca de asco. Kilma se dio cuenta de que cientos de soldados habían salido de todas partes.

     - ¡ATACAD!- gritó uno de ellos.

Una nube cayó sobre ellos. El aire se hizo denso, cargado de polvo y sangre. Crujía la tierra bajo sus pies, parecía que se desangraba. 
Kilma lloraba.

Espero que tengáis en cuenta que es un cuento corto de cuando era pequeña pero creo que es bastante... ¿Cómo escribí yo esto? Aún me lo pregunto. En aquél momento sólo me importó que saqué un 10.

1 comentario:

  1. pues esta de puta madre. ten cuidado con los de jolibú, que son capaces de hacer una peli (en 3D, claro) sin pagarte ni un centimo.

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